Reflexionando el evangelio | Conversión de/del corazón

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III Domingo de Cuaresma. Ciclo B


“Entonces hizo un látigo de cordeles y los echó del templo…”

Juan 2, 13-25


No nos imaginamos ver a Jesús enojado/indignado; sin embargo, así aparece hoy en el Evangelio. ¿Qué ocasionó que 'sacaran el tapón' al dulce y pacífico Jesús? Me resisto a aceptar que fue una reacción natural ante el desorden que había en el templo; tampoco que sea un simbolismo fácil. San Juan habla de los signos que Jesús hace y aprovecha el momento para dar una catequesis. Hoy habla de un hecho-signo y de su significado. Un signo expresa un hecho real y, al mismo tiempo, encierra una promesa que se va a cumplir en un futuro no muy lejano. En esta ocasión el anuncio se cumplirá en su persona, en su muerte, sepultura y resurrección.    

Además del hecho y su significado, ¿qué enseñanza aplica para los cristianos que vivimos en el inicio de la tercera semana de Cuaresma, año 2024? Los latigazos, ¿están dirigidos también a nosotros? ¿El templo de nuestra persona necesita purificación? ¿Los sacrificios y prácticas cuaresmales son buena inversión para la vida? ¿Qué tipo de celo nos devora? ¿Hacemos de los templos y alrededores un tianguis donde lo que menos importa es el templo? Si Cuaresma es tiempo de esperanza, necesita de la conversión del corazón de quienes la viven. 

Las prácticas cuaresmales valen poco si no logran perforar el santuario secreto del corazón y ayudan a hacer las cosas 'de todo corazón'; esto es mucho más que hacerlas por costumbre o tradición. Cuando lo que realizamos no es ocasión y lugar de encuentro con Dios quiere decir que todavía no hemos entrado en el corazón de las cosas hechas de corazón. Jesús le dice a la samaritana que ya no habrá necesidad de templos construidos de piedra porque el templo será el propio corazón. Pero es preciso que Dios haga de él su templo; sólo así llegaremos a ser adoradores en espíritu y en verdad. Cuando no es así, nos convertimos en simples vendedores de ilusión, simuladores de la verdad del templo. 

Por eso el enojo y la indignación de Jesús en la escena que hoy contemplamos. No se trata de violencia fácil, ni de ira barata. Jesús se vuelve intransigente ante todo lo que pueda dañar y pervertir la relación con su Padre. Así es el corazón del Hijo, el celo de quien ama en espíritu y en verdad; no soporta que el templo se convierta en un pretexto para hacer negocio a costa de su Padre. 

Ojalá que en este tiempo no perdamos la capacidad de indignación ante todo lo que nos descentra de Dios y de sus hijos. Cuando nuestros ayunos, oraciones y limosnas no nos llevan al encuentro con Dios y nos acercan a los hermanos, nos quedamos en la simulación exterior y convertimos nuestros templos en cueva de ladrones. Entonces, ¡cuidado con los latigazos!   

No olvidemos que el amor misericordioso del Padre a sus hijos todo lo puede, hasta corregirnos.

 

Con mi bendición y afecto cuaresmal.

+Sigifredo

Obispo de/en Zacatecas




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